De malos modos, el sacerdote se sacude a la niña que se enreda entre sus hábitos y amonesta a los fieles que comienzan a alborotarse. Entre exclamaciones de asombro, un grupo cada vez más numeroso de personas asegura ver cómo el Cristo que cuelga del altar mueve sus ojos e incluso suda gotas de sangre. Intentando apaciguar la situación, ordena al padre Agatángelo que no interrumpa los salmos. Girando la cabeza, ve al religioso temblando en el suelo de rodillas y sin poder articular palabra.

 

Terminada la misa, el padre Jalón toma una escalera de mano y sube hasta el camerino que alberga la imagen. Palpando el cuello de la escultura sus dedos aparecen inexplicablemente humedecidos…